El insulto final a una republicana

En 1931 lideró el acceso de las mujeres en España al voto y con ello eliminó una de las trabas que denigraban —otras aún denigran— la vida pública de la mitad de la población de este país. Esta conquista solo duró cinco años: las fuerzas de la tradición se instalaron a sangre y fuego, ocupándose con ahínco en la tarea de reescribir la historia de España eliminando toda referencia a la política e institucionalizando un clientelismo social del que todavía debemos desprendernos. Suele decirse que no hay buena acción sin castigo: el de Clara Campoamor fue más allá del exilio y la muerte lejos de su tierra. Su propia memoria ha sufrido ese proceso de blanqueo, tan propio de la memoria histórica correctista que algunos de nuestros líderes políticos tienen a bien promocionar —y de la que otros aborrecen como de arruga en las sábanas en la que nuestros padres y abuelos, con extrema placidez, descansaron de los avatares de una innecesaria, equivocada e insultante sed de libertad.

Escribo en estos términos porque el revival de los años 30 en el que vivimos últimamente nos ha permitido recordar a Campoamor como feminista. Ser feminista es bueno y correcto; incluso nuestros amados líderes conservadores muestran su feminismo con su admiración a las formas de la mujer-mujer. Hemos pasado de puntillas por un hecho sutil: Campoamor era mucho más que feminista. Era también liberal, en ese sentido perdido de la libertad personal de las gentes, no sólo económica. Y más aún: era republicana.

“República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos”, dicen que le contestó a un periodista que, en 1930, le preguntó por su forma ideal de gobierno cuando todavía abogar por la república podía dar con los huesos de uno en la cárcel. Lamentablemente no he encontrado una fuente válida para la cita —todos la repetimos, copiándola unos de otros, hasta el mareo. Afortunadamente quedan suficientes testimonios del republicanismo básico, radical, de Campoamor más allá de esa máxima que parece compuesta para ser grabada en piedra. Sin ir más lejos, el título de uno de sus volúmenes, editado en París (ya en el exilio) en 1937: “La revolución española vista por una republicana”.

Republicana pues, además de liberal. También feminista, como si su sentido natural de la justicia le hubiera dejado otra opción. Pero ya no le tenemos miedo a nada y nuestro statu quo es capaz de cooptar, engullir y digerir cualquier cosa en sus ansias por mostrar caras amables de la historia. En 2007 el Partido Popular, supuestamente liberal y que teóricamente debiera haber heredado parte del ideario político de Campoamor, se abstuvo ante la propuesta de acuñar monedas con su efigie. Su representante en aquel debate, mujer también por aquello de guardar las formas, sostuvo el alambicado argumento de que tal propuesta constituía un delito de apropiación indebida de herencia política, y que sólo sería digna de apoyo si hubiera sido emitida por las ilustres plumas de su partido. Cosa que, naturalmente, y conocida la plácida y más inmediata fuente histórica de la que bebe nuestro Partido Popular, no se dignarían en hacer.

La proposición no de ley salió adelante con los votos a favor del resto de los grupos. La efigie de Campoamor quedaría grabada, por feminista, en una moneda. En ésta:

Republicana en la cara, monárquica en la cruz: que insulto tan hermoso. Gracias, desmemoria histórica.


Más información en el Diario de Sesiones del Congreso de los Diputados, sesión plenaria nº 242 del 12 de junio de 2007.

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4 thoughts on “El insulto final a una republicana

  1. A mí también me ha gustado… ¿Has visto la serie esa de la que tanto han hecho publicidad los de TVE? Miedito me dan, sobre todo cuando últimamente se lanzan a la piscina del revisionismo histórico con el mismo ímpetu que los venezolanos haciendo telenovelas…

    Y tienes mucha razón: casi más importante que ser feminista (manido término que actualmente hasta hacen suyo esas mujeres-mujeres que más bien son floreros que dignas hijas del sufragismo) es hacer honor a las convicciones políticas de cada cual, sobre todo en este caso.

  2. Vi una parte, pero reconozco que en estos tiempos ya no estoy a lo que estoy mientras miro la televisión. Me estoy volviendo demasiado “dospuntocerista”: ver la tele mientras tienes el portátil abierto es una receta segura para no enterarse de mucho ni en un sitio ni en el otro.

    En principio lo que vi no me pareció revisionista; es más, me parece muy bien que se acuda al fondo de armario de la historia local para crear contenidos audiovisuales (la calidad de esos contenidos podemos discutirla en otro momento). La historia de Campoamor es interesante en sí misma, y gracias al programa algunos hemos aprovechado para rellenar huecos culturales. Al menos el guión no daba (excesiva) precedencia al feminismo frente al republicanismo radical –en varios sentidos– de la protagonista.

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