Sentado en el viejo tresillo

Sentado en el viejo tresillo. Fuera hace frío. Dentro hace frío. El vaho de su respiración acaricia la punta de su nariz como una nube de agujas. Pequeñas, invisibles. La luz gris del amanecer se abre paso a través del visillo. Los colores se marcharon del apartamento hace tiempo, casi a la vez que la amenaza entró por la puerta. Por las ventanas. Por las rendijas de la cocina. Por cada tubería y por cada toma eléctrica. Encendería una luz; quizá fuera la señal que buscaban. El aviso para cerrar su cerco. Agitado de pronto, mira la lámpara. Mira el interruptor. La tentación crece. Un último acto de rebeldía. Una última creación. Fiat lux.

No. Amanece. Los papeles garabateados encima de la mesa revelan sus contenidos. El gris claro le gana su pulso cotidiano al gris oscuro. La piel de las palmas de las manos, seca y pálida, busca calor en la áspera tela de la bata. Debería esconderlos. Al principio no entenderían. Harían preguntas. Todas las respuestas posibles son un crimen. No, mejor destruirlos. Quemarlos. Pero la luz. No.

Sentado en el viejo tresillo, esperando el ruido del ascensor. De las puertas metálicas batiendo. De las botas sobre el terrazo del rellano. Del timbre. Del final.

Esperando.


Este relato ha sido escrito para @divagacionistas en su convocatoria #relatosEspera de noviembre de 2016. La imagen que lo ilustra es CC BY-NC-ND por Michael W. May (fuente: Flickr).

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