#YoEstrellaCervantes o cómo llegar a las estrellas con tijeras

¿Cómo llegar a las estrellas con tijeras, goma EVA de colores, cola, varios pares de manos —pequeñas y grandes— y algo de imaginación?

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Yo mismo, @veneciana1981 y mis dos peques haciendo de Estrella Cervantes.

Durante mis ¡ay! pasadas vacaciones en mi tierra manchega ideamos un plan entre mis enanos, mi chica y yo para aportar un pequeño granito de arena (más) a la campaña de #YoEstrellaCervantes. ¡Disfrazarnos de planeta-personaje cervantino! Después de abocetar un poco la idea concretamos una lista de ingredientes sencillos:

  • Planchas de goma EVA de colores variados.
  • Algo de papel de seda para efectos especiales.
  • Un par de ojos adhesivos (tampoco es que fueran necesarios, pero quedaron molones).
  • Cola.
  • Tijeras.
  • Un boli negro.
  • Varios pares de manos, pequeñas y grandes.
  • Como fondo decorativo, unas chapas con las siluetas de Don Quijote y Sancho —que ya estaban ahí porque seguramente hay alguna ley manchega que obliga a tener esas siluetas en algún lugar bien visible de cada casa.
  • Para marcarse un hashtag chulo en la foto, unas cuantas teselas de gresite que andaban por ahí dando vueltas.
  • Y lo más importante, imaginación.

Os presento a los protagonistas con más detalle:

µ Arae, la Estrella Cervantes
µ Arae, la Estrella Cervantes.
µ Arae b como Don Quijote.
µ Arae b como Don Quijote.
µ Arae c como Dulcinea. Los ojos salieron un poco así, quizá como los de la original.
µ Arae c como Dulcinea. Los ojos salieron un poco así, quizá como los de la original.
µ Arae d como Rocinante.
µ Arae d como Rocinante.
Y por último, µ Arae e como Sancho.
Y por último, µ Arae e como Sancho.

Pero recordad: para que la Estrella Cervantes y sus cervantinos planetas sean una realidad ¡no dejéis de votar en la página http://nameexoworlds.iau.org/! Y visitad la sede de la campaña en internet: Estrella Cervantes.

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Lo que se ve en una foto

Os confesaré algo, evanescentes lectores. Cada vez odio más el término «blog». Además, tengo un blog. Un blog zombi. Sin embargo, aunque trato de aguantarme las ganas, todavía me sucede de cuando en cuando que siento deseos de escribir. A veces con cualquier excusa. Ya sé que hoy, por ejemplo, todos tenemos el deber mediático de estar pendiente del futuro de nuestros compatriotas griegos —como si éste no estuviera ya decidido: es dolor o dolor. Habrá quien diga que la culpa es suya. Yo digo que…

Mirad esta foto. Por algún motivo que desconozco está en el salón del piso que mis padres tienen en un pueblo de la costa.

Madrid, 1933

Es una bella foto. Exprimámosla. ¿Qué podemos ver en ella?

Para empezar, se trata de Madrid. Los que hemos vivido muchos años en el área de influencia de Madrid tendemos a olvidar que no todo el mundo reconocerá al instante un rincón de nuestra ciudad. Es una vista de la plaza del Callao. El «Callao» no es un mudo castizo, sino un puerto peruano. La plaza conmemora una batalla que tuvo lugar durante la guerra hispano-sudamericana de 1865-66. Los edificios son los mismos que podemos ver en la actualidad, salvo si lanzamos la vista al horizonte del principio de la Gran Vía, donde echaremos en falta las dos moles de la plaza de España, levantadas en la década de los 50.

De modo que la foto es anterior a los años 50. El famoso y modernísimo edificio Carrión (Capitol, para los amigos) fue terminado en 1933, y en la foto parece que no está en construcción; por tanto, 1933 es una buena fecha de partida. Sin embargo, la foto es muy probablemente de 1934. ¿Por qué?

Para empezar, pueden verse dos autobuses de dos pisos. Estos autobuses, de fabricación británica y marca Leyland, entraron en servicio en Madrid, operados por la Sociedad Madrileña de Tranvías, en 1934. Pero la pista definitiva la da la película que se está proyectando en el Cine Callao (inaugurado, por cierto, en 1926).

Guerra de Valses. No parece muy interesante. Estrenada en Berlín en 1933 (y, suponemos por la pista de los autobuses, en Madrid en 1934), cuenta la historia de una bailarina austríaca que terminó sus días emigrada en la Inglaterra victoriana. El rótulo de la fachada del cine la cita por el apellido: Lanner. También cita a Strauss (se refiere a Johann hijo). El nombre central es el del actor principal, Willi Fritsch. Sin embargo, la película no estaba protagonizada por él, sino por la actriz que hacía de bailarina. Se llamaba Renate Müller. El Madrid republicano de 1934 debía ser un tanto machista.

Renate Müller tiene también tras de sí una historia interesante. Tras la partida de Marlene Dietrich a Hollywood, Müller quedó como la «perfecta diva aria». El propio Adolf Hitler le confirió este «título» tras convocarla a una reunión, alrededor de 1935.

Murió el 7 de octubre de 1937. Se dijo que por una crisis epiléptica. Testigos que hablaron después de la guerra contaron que la citada crisis debió coincidir con una visita de la Gestapo al hospital en el que estaba ingresada y su posterior salto ¿forzado? por la ventana de su habitación. Müller estaba allí por motivos poco claros: una lesión de rodilla o adicción a la morfina. También tenía un amante judío. La proclamación de las leyes de pureza racial de Núremberg en 1935, prohibiendo las relaciones mixtas, junto con su negativa a actuar en películas de propaganda nazi, no debieron hacer mucho por su tranquilidad de ánimo.

Mientras, Europa entera y el propio Madrid mantenían en las fotos su apariencia de lugares modernos, civilizados y tranquilos. El horror respiraba unos milímetros por debajo del papel cuché.

 

¿Tenemos la tecnología?

Cuando el pasado 27 de febrero murió Leonard Nimoy casi pudo notarse el destello colectivo de reconocimiento en las miradas de los no-trekkies del mundo entero: «¡ah, el señor Spock!» (O también «el doctor Spock», como he tenido que oír en tantas ocasiones, con un apenas suprimido pero discreto encogimiento de órganos internos.) Sin embargo, cuando apenas dos días atrás murió Harve Bennett, un grande de Star Trek más desconocido para el gran público, apenas pudo sentirse conmoción alguna en la Fuerza. De hecho, me he enterado hace un rato.

Bennett resultará familiar a cualquiera que haya visto Star Trek II: La ira de Khan o cualquiera de sus tres secuelas subsiguientes más de diez veces. Fue productor y coguionista: suya fue la idea de rescatar al genéticamente perfecto Khan de un episodio de la segunda temporada de la serie original para darle uno de sus momentos de gloria cinematográfica a toda la saga. Incluso se prestó a hacer un pequeño cameo en la discutiblemente canónica y universalmente lamentada Star Trek V: La última frontera.

Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).
Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).

Bennett, en su papel de productor, alumbró otra de las series clásicas en la televisión norteamericana: El hombre de los seis millones de dólares. En ella se relatan las justicieras aventuras de Steve Austin, una especie de capitán Kirk —era astronauta— devenido en ciborg tras un accidente en un vuelo de prueba probablemente secreto. Cuando vi esa serie en los años ochenta, doblada al francés en la televisión marroquí (es una larga historia) me sorprendió desde el primer momento la calidad de su intro. Además del precio —seis millones de 1973 estaba tirao, incluso ajustando el efecto de la inflación1:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=HoLs0V8T5AA]

¿Cómo era posible que se hubiera filmado para una simple serie de televisión un metraje2 tan aparentemente oficial como el que se ve aquí del accidente de la prueba con un cuerpo sustentador de la NASA? Muy sencillo: porque tal accidente ocurrió realmente:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=3jvGJhJINlc]

Y a los mandos del Northrop M2-F2 que se estrellaba en mayo de 1967 estaba un piloto de pruebas real: Bruce Peterson, que tras verse afectado por una oscilación inducida debida a la escasa capacidad de sustentación de las «alas» de su aparato, hubo de intentar esquivar un helicóptero de rescate y acabó tocando el suelo un par de segundos antes de terminar de desplegar el tren de aterrizaje y, por tanto, salvar su vuelo. Increíblemente Peterson sobrevivió y terminó saliendo del hospital habiendo perdido tan solo la visión del ojo derecho —y eso, debido a una infección contraída durante su convalecencia.

La tecnología para reemplazar el ojo perdido de Peterson por una cámara con zoom de veinte aumentos y visión infrarroja como las del ficticio Steve Austin no estaba disponible entonces —como no lo está ahora. Por eso, es comprensible que cada vez que empezaba El hombre de los seis millones de dólares en televisión el ya expiloto de pruebas se sintiera visiblemente molesto.


Nota 1: Seis millones de dólares de 1973 serían hoy unos 31 millones y medio (comprobadlo con esta calculadora de paridad de poder adquisitivo)—y en euros, aproximadamente 29 millones. Steve Austin era, efectivamente, un producto de fantasía: ¿qué proyecto de esa envergadura podría costar tan barato?

Nota 2: En realidad, las imágenes de archivos de la NASA usadas en la introducción de El hombre de los seis millones de dólares incluyen también tomas del vuelo cautivo y liberación de un HL-10, otro de los experimentos en sistemas de reentrada basados en cuerpo sustentador que la NASA terminó desechando en favor del diseño, supuestamente más versátil, de la lanzadera espacial.

Sr. Rajoy, este puede ser el comienzo de un bonito meme

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno del Reino (¿por cuánto tiempo?) de España, «comparece» ante los medios… A través de un plasma.

Rajoy compareciendo (?) en la sala de prensa del PP.¿Qué encontraríamos zapeando por los universos alternativos?

HAL 9000 en la sala de prensa del PP.Lo siento, periodistas, pero me temo que no podréis preguntar.

Sauron en la sala de prensa del PP.Un monitor de plasma para gobernarlos a todos…

Dimitri en la sala de prensa del PP.¿Dimitir no era un nombre ruso?

Big Brother en la sala de prensa del PP.In PP-Spain the TV watches you!

V en la sala de prensa del PP.Huy, una interferencia… El pueblo no debería temer a sus gobernantes, son los gobernantes los que deberían de temer al pueblo.

The Twilight Zone en la sala de prensa del PP.¿Así que esto era el futuro? Prefería al bicho que se comía el ala del avión.

Rajoy ha muerto, en la sala de prensa del PP.Españoles, Rajoy ha muerto. Estamos poniendo vídeos de El Intermedio desde hace dos meses y nadie lo ha notado.

Trollface en la sala de prensa del PP.Rajoy, si fuera sincero.

Rajoy, completamente sincero, compareciendo en la sala de prensa del PP.Rajoy, si fuera completamente sincero.

Desde luego, nadie puede negar que vivimos tiempos interesantes.

Cómo cortarse las uñas en el espacio… bien

Esta entrada fue publicada originalmente en Naukas el día 19/01/2013.

Hace pocos días llegó a mi pantalla, a través del gran Daniel @Eurekablog Marín —fuente de todo lo astronáutico— este vídeo grabado por Chris Hadfield, astronauta canadiense actualmente a bordo de la Estación Espacial Internacional en su Expedición 34. En él nos muestra a los espaciotrastornados de la superficie cómo realizar una tarea en la que en nuestros sueños de ingravidez casi ninguno habíamos pensado en realizar: ¡cortarnos las uñas… en el espacio!

Dejando aparte el hecho —suavemente grimoso— de observar los recortes uñeros de un extraño, es difícil evitar hacerse algunas preguntas sobre un proceso tan trivial en tierra como complejo en microgravedad. No parece que la rejilla de ventilación extraiga un flujo de aire demasiado generoso, a la vista del movimiento del trozo de uña, así que ¿qué ocurre si se nos pierden fragmentos? ¿Tener lo que esencialmente son astillas flotantes perdidas por los conductos de ventilación es buena idea? ¿Qué pasa con los trozos que siempre salen disparados? (Eh, a mí me pasa. Igual es que me corto las uñas mal.) Y, sobre todo, ¿cómo han permitido que un cosmonauta lleve un cortaúñas en su equipaje? ¿No ven que podría secuestrar la ISS para estrellarla —es un decir— sobre la sede de algún gobierno occidental?

Mención aparte de esta última y desasosegante cuestión (cuál elegir…) es normal pensar que debe haber algún modo mejor de cortarse las uñas en el espacio. Y resulta que ¡lo hay! No hay nada imposible para un buen espaciotrastornado. Aquí y ahora os presento en exclusiva el MMM —Método de Manicura en Microgravedad, de un servidor:

Necesitaremos un cortaúñas (bien escondido en el equipaje facturado), una bolsita de plástico transparente y un coletero, una banda de goma o similar que se pueda ajustar bien a nuestra muñeca. No hará falta que nos lo llevemos nosotros; en el cajón de sastre de cualquier estación espacial razonablemente surtida podremos encontrar gomas de muchos colores y bolsitas de varios tamaños.

Ahora abrimos el cortaúñas, lo metemos en la bolsa e introducimos también la mano cuyas uñas nos hagan parecer más una versión espacial de Nosferatu. ¡Atención, si rompemos la bolsa con nuestras uñas o con el cortaúñas algún compañero podría acabar con una esquirla en un ojo! Aseguramos bien la bolsa a la muñeca haciendo uso de la banda de goma: cuando esté bien cerrado, podemos empezar.

Con la otra mano tomamos el cortaúñas —previamente abierto, esto es muy importante— desde fuera de la bolsa y empezamos a cortarnos las uñas. Al principio tardaremos un poco más que en tierra, pero ¡estamos en el espacio! Todo es más difícil en el espacio —todo menos flotar por ahí molando mil, se entiende. Cuando hayamos terminado, tiramos de la bolsa con la mano libre recorriendo el contorno de la mano embolsada para mantenerla cerrada en todo momento. Sacamos con cuidado el coletero y el cortaúñas y ¡ya está! Ya tenemos las uñas perfectamente recortadas y listas para que se nos caigan la próxima vez que tengamos que hacer un paseo espacial para apretar algunos tornillos.

Ya solo tengo que esperar que mi manifiesta creatividad en microgravedad me gane un puesto en alguna expedición futura a la ISS. Pero no pienso decir dónde llevaré escondido el cortauñas.

Visionarios políticos

Leyendo el periódico —por el interné, a ver qué tipo de persona vas a pensar que soy— no he podido evitar que me viniera cierto recuerdo televisivo a la mente. Son ocho minutos de nada: ¿qué son ocho minutillos en tu ajetreada vidas? Recuérdalo conmigo. O disfrútalo por primera vez si eres demasiado joven para recordarlo, querido lector:

Quién iba a decir que Faemino y Cansado acabarían siendo unos visionarios políticos.

Chiste astronáutico

En anteriores episodios de brucknerite conté que durante mi aventura en tierras intereconómicas tuve el honor de conocer a Luis Ruiz de Gopegui. Un auténtico fragmento de historia viva de la astronáutica en España. Cierto, el papel de nuestro país en la aventura del espacio ha sido secundario —siendo bondadosos, pero está muy necesitado de recuerdo. Ruiz de Gopegui trabajó en la estación de seguimiento de la NASA en Robledo de Chavela desde 1966, a lo largo del desarrollo de todas las misiones Apolo, del programa Skylab, de la misión conjunta soviético-americana Apolo-Soyuz y durante la primera época de los vuelos del transbordador espacial. En sus propias palabras, fue una de las cien personas o así que habría que matar, solo en España, para encubrir un imposible fraude lunar.

Ruiz de Gopegui contó el chiste que viene a continuación fuera de cámara —no cabía en la exigua duración del programa. Se lo relató a su vez el fallecido astronauta Evans, piloto del módulo de mando del Apolo 17; y así, peinado un poco para la ocasión de ponerlo por escrito, os lo transmito:

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