Marx equivocado

En estos tiempos de fluidas confluencias una cita de Marx aparece regularmente en boca del activo sector de la izquierda transformadora para el que acudir a las elecciones en coalición es desde un desastre sin paliativos hasta lo peor que ha sucedido en la Tierra desde la gran extinción del Pérmico:

Nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos.

No hace falta discurrir mucho para darse cuenta de que esta frase es muy útil para fustigar a compañeros de armas sospechosos de haber sido infectados por el virus confluente. Pero también podemos (pun intended) preguntarnos por la legitimidad de uso: ¿es una buena idea invocar a Marx aquí?

Un poco de contexto. Este breve trozo de sabiduría del corpus filosófico marxista forma parte de las Obras Completas (tomo 7, página 299 de la edición de 1960). Se trata de una pieza publicada originalmente en el Neue Reinische Zeitung, Politisch-ökonomische Revue, Nº4, 1850, firmada al alimón por Marx y su camarada Friedrich Engels y titulada sucintamente Gottfried Kinkel.

El tal Kinkel era un soldado alistado en las filas revolucionarias, según él, por accidente. Al menos tal fue su declaración ante el tribunal militar de Rastatt en agosto de 1849. La revolución de 1848 fracasó —fue un fracaso complejo e históricamente fructífero, sin embargo— y Kinkel, tras apelar a todo lo que pudo (incluído su amor por la dinastía Hohenzollern, su mujer y sus hijos) fue exonerado; al tiempo, sus compañeros de filas se encontraban con las balas dispensadas por eficientes pelotones de fusilamiento.

Marx afirma que su grito en el cielo en forma de artículo «provocará las iras de timadores sentimentales y charlatanes demócratas» justo antes de establecer la máxima que guiará su comportamiento, que reproduzco aquí en el original alemán:

Uns(e)re Aufgabe ist die rücksichtslose Kritik, viel mehr noch gegen die angeblichen Freunde als gegen die offnen Feinde […]

Con toda probabilidad, el régimen absolutista prusiano utilizó el proceso contra Kinkel para hacerse publicidad (el relato se publicó en el Abend-Post de Berlín a lo largo de dos días de abril de 1850), escogiendo un chivo expiatorio al revés: un pobre hombre, buen alemán, que se vio arrastrado por las circunstancias para luchar en el bando equivocado de una revolución.

El contexto no es excesivamente amable con las interpretaciones modernas de esta máxima marxista, aunque una imaginación lo suficientemente dedicada puede atar todos los cabos y establecer todos los paralelismos necesarios para que su aplicación actual en el seno de la batalla entre confluentes y disfluentes de Izquierda Unida tenga algo de sentido. Pero ese no es mi problema. Creo que Marx, aquí, se equivocó teniendo razón.

Supongamos que la proximidad o lejanía ideológica es una magnitud medible (en un diagrama de Nolan esto tiene mucho sentido). Interpretemos, como Marx pretende, a los Freunde (amigos) como más próximos ideológicamente a uno mismo que los Feinde (enemigos). Si la crítica debe ser más despiadada a menor distancia de ideas, ¿dónde nos lleva este proceso? Los activistas de izquierdas reaccionarían violentamente entre sí, rechazándose unos a otros con creciente fuerza, cuanto mayor fuera su grado de consonancia. Como protones repeliéndose entre sí en virtud de las leyes clásicas de la electrostática.

Una situación así nos lleva necesariamente a la imposibilidad de la unión de las izquierdas. Marx era un genio: predijo lo que iba a ocurrir con su legado a más de siglo y medio vista. Pero ¿no sería deseable, por una vez, intentar desactivar la frase lapidaria? Crítica sí, siempre, pero ¿por qué despiadada? Quizá si intentamos reconocer la razón del vecino podamos encontrarla reforzada en nosotros mismos. Tengo la impresión de que el mismo Marx no desearía que un recorte menor de su legado informara toda la acción política de la izquierda transformadora. En la analogía física, existe una fuerza nuclear (la llamada débil) que mantiene unidos y estables muchos núcleos atómicos, aun estando llenos de protones con cargas positivas. Además, ya dijo Lenin…

Lo que se ve en una foto

Os confesaré algo, evanescentes lectores. Cada vez odio más el término «blog». Además, tengo un blog. Un blog zombi. Sin embargo, aunque trato de aguantarme las ganas, todavía me sucede de cuando en cuando que siento deseos de escribir. A veces con cualquier excusa. Ya sé que hoy, por ejemplo, todos tenemos el deber mediático de estar pendiente del futuro de nuestros compatriotas griegos —como si éste no estuviera ya decidido: es dolor o dolor. Habrá quien diga que la culpa es suya. Yo digo que…

Mirad esta foto. Por algún motivo que desconozco está en el salón del piso que mis padres tienen en un pueblo de la costa.

Madrid, 1933

Es una bella foto. Exprimámosla. ¿Qué podemos ver en ella?

Para empezar, se trata de Madrid. Los que hemos vivido muchos años en el área de influencia de Madrid tendemos a olvidar que no todo el mundo reconocerá al instante un rincón de nuestra ciudad. Es una vista de la plaza del Callao. El «Callao» no es un mudo castizo, sino un puerto peruano. La plaza conmemora una batalla que tuvo lugar durante la guerra hispano-sudamericana de 1865-66. Los edificios son los mismos que podemos ver en la actualidad, salvo si lanzamos la vista al horizonte del principio de la Gran Vía, donde echaremos en falta las dos moles de la plaza de España, levantadas en la década de los 50.

De modo que la foto es anterior a los años 50. El famoso y modernísimo edificio Carrión (Capitol, para los amigos) fue terminado en 1933, y en la foto parece que no está en construcción; por tanto, 1933 es una buena fecha de partida. Sin embargo, la foto es muy probablemente de 1934. ¿Por qué?

Para empezar, pueden verse dos autobuses de dos pisos. Estos autobuses, de fabricación británica y marca Leyland, entraron en servicio en Madrid, operados por la Sociedad Madrileña de Tranvías, en 1934. Pero la pista definitiva la da la película que se está proyectando en el Cine Callao (inaugurado, por cierto, en 1926).

Guerra de Valses. No parece muy interesante. Estrenada en Berlín en 1933 (y, suponemos por la pista de los autobuses, en Madrid en 1934), cuenta la historia de una bailarina austríaca que terminó sus días emigrada en la Inglaterra victoriana. El rótulo de la fachada del cine la cita por el apellido: Lanner. También cita a Strauss (se refiere a Johann hijo). El nombre central es el del actor principal, Willi Fritsch. Sin embargo, la película no estaba protagonizada por él, sino por la actriz que hacía de bailarina. Se llamaba Renate Müller. El Madrid republicano de 1934 debía ser un tanto machista.

Renate Müller tiene también tras de sí una historia interesante. Tras la partida de Marlene Dietrich a Hollywood, Müller quedó como la «perfecta diva aria». El propio Adolf Hitler le confirió este «título» tras convocarla a una reunión, alrededor de 1935.

Murió el 7 de octubre de 1937. Se dijo que por una crisis epiléptica. Testigos que hablaron después de la guerra contaron que la citada crisis debió coincidir con una visita de la Gestapo al hospital en el que estaba ingresada y su posterior salto ¿forzado? por la ventana de su habitación. Müller estaba allí por motivos poco claros: una lesión de rodilla o adicción a la morfina. También tenía un amante judío. La proclamación de las leyes de pureza racial de Núremberg en 1935, prohibiendo las relaciones mixtas, junto con su negativa a actuar en películas de propaganda nazi, no debieron hacer mucho por su tranquilidad de ánimo.

Mientras, Europa entera y el propio Madrid mantenían en las fotos su apariencia de lugares modernos, civilizados y tranquilos. El horror respiraba unos milímetros por debajo del papel cuché.

 

La pregunta Naukas 2015

¿Cómo no? Cuando desde Naukas lanzaron el reto de contestar a una pregunta para el año 2015 tuve que recoger el guante. El texto de la cuestión, seguramente con trampa, era «¿qué avance o descubrimiento de la ciencia moderna ha hecho progresar más a la Humanidad?» Se apostillaba que ciencia moderna indicaba lo sucedido desde Copérnico hasta nuestros días. Ahí es nada. Y aquí mi respuesta. No dejéis de repasar el resto de interesantísimos ensayos de los demás colaboradores, recopilados en este artículo. Y aquí tenéis lo que pergeñé:

Las ambigüedades de la comunicación son una de mis pequeñas obsesiones. Por eso, cuando leí la «Pregunta Naukas 2015» empecé a desmenuzarla. No todo el mundo estará de acuerdo en qué constituye un avance o cuándo algo se considera descubierto. ¿Ciencia? ¿Qué es ciencia? «Moderna» es un calificativo ambiguo de por sí: ¿es Newton moderno, o deberíamos recurrir a barbudos y gafapastueños científicos hipster? ¡Ah, el progreso! Lo que para mí es progreso, para muchos de vosotros podría ser una molestia, un retroceso o incluso un desastre en ciernes. Y, por fin, Humanidad. Bendito tesoro. Con tanta duda y molestia querréis —tal vez no sin cierta razón— excluirme de ella y perderme de vista.

Salta a la ídem que no tengo la más remota idea de qué pueda ser una respuesta, no ya precisa, sino siquiera adecuada para la pregunta. Con cualquier expectativa así arrasada, me gustaría lanzaros una idea al azar. Si afirmo que el transistor de unión bipolar, inventado por William Shockley en 1947, constituye uno de los avances que más han alterado nuestras vidas, es posible que no me equivoque demasiado. Estamos rodeados de transistores, muchas veces ocultos en los lugares más insospechados, y su abundancia no hace sino aumentar. A principios del siglo XX la Humanidad estaba claramente dedicada a cumplir con las profecías de Malthus transformando, cada vez más rápido, toneladas de masa inerte de la Tierra en toneladas de Homo sapiens. El siglo XXI nos ha sorprendido con una tendencia mucho más voraz a transformar piedras en transistores.

Sin embargo, el concepto de un componente que pudiera modular un flujo de corriente mediante una entrada de control —en esencia, un grifo para circuitos eléctricos— no surgió de la nada en la mente de Shockley, enfrascado como estaba en promocionar su concepto de junta de unión entre semiconductores con distintas impurezas frente a diseños alternativos como el transistor de puntas de Bardeen y Brattain, sus colaboradores a su pesar (el de los tres). Pero el propio concepto de «grifo electrónico» viene de más atrás: las válvulas conocidas como triodos ya habían servido para construir, por entonces, los rudimentos de la informática y, antes aún, los primeros emisores y receptores de radio.

Cualquiera que se detenga a examinar la evolución de la tecnología y la ciencia con un interés un poco mayor que el de un telefilme de sábado por la tarde se imagina que nada «empieza» realmente desde cero. Siempre hay predecesores, hilos de los que tirar. Además, Shockley era un ser humano más bien repugnante: casi universalmente odiado, fue la diáspora de sus colaboradores y no él mismo lo que estuvo en la raíz de lo que hoy conocemos como Silicon Valley. En los 60 se descolgó por la resbaladiza pendiente de la sociobiología hasta los oscuros abismos de la eugenesia. Cuando finalmente —alguno pensaría «por fin»— murió en 1989 sus hijos recibieron la noticia a través de la prensa.

De forma que escogeré un hilo que recorrer y señalaré un invento distinto y otro padre para nuestra revolución electrónica: la válvula diodo de John A. Fleming, dada a conocer en 1904. El diodo era un componente con dos electrodos; su «tercera pata» y la que lo colocó en el camino de la evolución hacia el transistor moderno creció casi inmediatamente —apenas dos años más tarde— gracias a los esfuerzos separados de Robert von Lieben y Lee De Forest. Éste último es considerado más universalmente como «padre de la electrónica» por un quítame allá unas patentes, pero Fleming, originador también de las reglas mnemónicas llamadas de la mano derecha y de la mano izquierda, y culpable por ello de tantos divertidos movimientos manuales durante los exámenes de incontables promociones de ingenieros, inventó el diodo. Con ello puso en marcha la cadena de eventos que traería los mass media, la conectividad universal, la «inteligencia en la piedra», Facebook y las técnicas avanzadas de troleo.

Qué le vamos a hacer.

¿Tenemos la tecnología?

Cuando el pasado 27 de febrero murió Leonard Nimoy casi pudo notarse el destello colectivo de reconocimiento en las miradas de los no-trekkies del mundo entero: «¡ah, el señor Spock!» (O también «el doctor Spock», como he tenido que oír en tantas ocasiones, con un apenas suprimido pero discreto encogimiento de órganos internos.) Sin embargo, cuando apenas dos días atrás murió Harve Bennett, un grande de Star Trek más desconocido para el gran público, apenas pudo sentirse conmoción alguna en la Fuerza. De hecho, me he enterado hace un rato.

Bennett resultará familiar a cualquiera que haya visto Star Trek II: La ira de Khan o cualquiera de sus tres secuelas subsiguientes más de diez veces. Fue productor y coguionista: suya fue la idea de rescatar al genéticamente perfecto Khan de un episodio de la segunda temporada de la serie original para darle uno de sus momentos de gloria cinematográfica a toda la saga. Incluso se prestó a hacer un pequeño cameo en la discutiblemente canónica y universalmente lamentada Star Trek V: La última frontera.

Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).
Harve Bennett en el papel del almirante Robert Bennett (Star Trek V: The Final Frontier, © 1989 Paramount Pictures).

Bennett, en su papel de productor, alumbró otra de las series clásicas en la televisión norteamericana: El hombre de los seis millones de dólares. En ella se relatan las justicieras aventuras de Steve Austin, una especie de capitán Kirk —era astronauta— devenido en ciborg tras un accidente en un vuelo de prueba probablemente secreto. Cuando vi esa serie en los años ochenta, doblada al francés en la televisión marroquí (es una larga historia) me sorprendió desde el primer momento la calidad de su intro. Además del precio —seis millones de 1973 estaba tirao, incluso ajustando el efecto de la inflación1:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=HoLs0V8T5AA]

¿Cómo era posible que se hubiera filmado para una simple serie de televisión un metraje2 tan aparentemente oficial como el que se ve aquí del accidente de la prueba con un cuerpo sustentador de la NASA? Muy sencillo: porque tal accidente ocurrió realmente:

[youtube https://www.youtube.com/watch?v=3jvGJhJINlc]

Y a los mandos del Northrop M2-F2 que se estrellaba en mayo de 1967 estaba un piloto de pruebas real: Bruce Peterson, que tras verse afectado por una oscilación inducida debida a la escasa capacidad de sustentación de las «alas» de su aparato, hubo de intentar esquivar un helicóptero de rescate y acabó tocando el suelo un par de segundos antes de terminar de desplegar el tren de aterrizaje y, por tanto, salvar su vuelo. Increíblemente Peterson sobrevivió y terminó saliendo del hospital habiendo perdido tan solo la visión del ojo derecho —y eso, debido a una infección contraída durante su convalecencia.

La tecnología para reemplazar el ojo perdido de Peterson por una cámara con zoom de veinte aumentos y visión infrarroja como las del ficticio Steve Austin no estaba disponible entonces —como no lo está ahora. Por eso, es comprensible que cada vez que empezaba El hombre de los seis millones de dólares en televisión el ya expiloto de pruebas se sintiera visiblemente molesto.


Nota 1: Seis millones de dólares de 1973 serían hoy unos 31 millones y medio (comprobadlo con esta calculadora de paridad de poder adquisitivo)—y en euros, aproximadamente 29 millones. Steve Austin era, efectivamente, un producto de fantasía: ¿qué proyecto de esa envergadura podría costar tan barato?

Nota 2: En realidad, las imágenes de archivos de la NASA usadas en la introducción de El hombre de los seis millones de dólares incluyen también tomas del vuelo cautivo y liberación de un HL-10, otro de los experimentos en sistemas de reentrada basados en cuerpo sustentador que la NASA terminó desechando en favor del diseño, supuestamente más versátil, de la lanzadera espacial.

La Ilustración entre malas compañías

A Wicked Company —una interesante panorámica sobre la influencia del salón del barón de Holbach en el pensamiento de la Ilustración.Libertad capitalista —si hay capital, hay libertad— podría ser un buen calificativo para reflejar el espíritu contemporáneo. O el Zeitgeist, tal como lo diría el entrañable Hipster Hitler. En un sentido amplio: la hegemonía de la burguesía, de la corporación, de los bancos y de la fina capa de democracia popular que los cubre es algo que nos acompaña desde que la Revolución Industrial tomó velocidad de crucero, pasadas las revoluciones nacionalistas del 48. De 1848. (La actualidad está sobrevalorada.)

Sin embargo, las bases del pensamiento característico de estos tiempos cada vez menos remotos surgen un siglo antes. Sirvieron como combustible y contrapunto de la primera revolución moderna. La Revolución casi por antonomasia que aún hoy inspira esperanza y terror. La que empezó desmontando la prisión parisina de la Bastilla en 1789 —liberando de ella a siete escasos y pobres diablos que volvieron a ingresar en otras prisiones en pocos días. Unas décadas antes, algunos pensadores hoy en las sombras establecieron las bases de un nuevo modelo de sociedad civil, de una nueva relación del hombre con el hecho religioso y de un concepto nuevo de humanidad.

Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1712–1778), por Maurice Quentin de la Tour
Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1712–1778), por Maurice Quentin de la Tour

Los filósofos de la Ilustración —no solo francesa— son hoy en día conocidos por una figura clave que estableció las bases de lo que aún hoy denominamos «contrato social». Jean-Jacques Rousseau, desde su retiro campestre, plantó la semilla de casi toda la política moderna, pero también del concepto —decimonónico, pero que pervive hasta nuestros días— de romanticismo literario. El pensamiento de Rousseau está en los genes de algunos comunistas ortodoxos, de muchos socialdemócratas heterodoxos y de no menos rabiosos liberales. De forma bien adecuada, vistos los consecuentes, Rousseau fue un paranoico obsesionado consigo mismo. Un ser mezquino y poco original que definió su pensamiento contra una visión radicalmente avanzada del ser humano y la sociedad. Un modo de pensar que Rousseau contribuyó, en la medida de las inmensas posibilidades que le ofreció su fama, a oscurecer y expulsar de la primera línea del pensamiento filosófico hasta hoy.

Por esos derroteros nos lleva A Wicked Company, un tomo de Philipp Blom en el que desfilan ante nosotros una serie de personajes claves para el pensamiento de la Ilustración, más o menos olvidados e incluso en algún caso físicamente borrados de la faz de la Tierra. El salón de la casa parisina de Paul Henri Thiry, barón de Holbach, se presenta ante nosotros como un vértice de la historia del pensamiento humano. Un lugar donde, entre 1750 y 1780, se dieron discusiones que aún hoy harían escupir bilis —y costarían la vida de quien las fomentara en algunos lugares.

El barón de Holbach reunía en su mesa, dos veces por semana, a algunos de los pensadores más brillantes del final del Ancien Régime para, con la confianza de encontrarse entre vinos y mentes igualmente excepcionales, poner en solfa la trascendencia del alma, la dualidad de mente y materia, la moral cristiana, la política absolutista, el colonialismo europeo y otros temas de similar tonelaje. Las profesiones de ateísmo radical en un mundo donde se quemaban supuestos herejes en piras públicas eran una cuestión delicada, y solo la amenaza de la destrucción mutua y la confianza entre caballeros daba cohesión a un salón donde —naturalmente— también había disputas, tensiones, enemistades e historias de amor entre el frufrú y las pelucas.

El economista, polemista y mala persona en general (a decir de Nietzsche) Galiani; el utilitarista y ponente de la igualdad humana Helvétius —que con su tratado De l’esprit casi consigue que los quemaran a todos; el deísta y sin embargo abate Raynal que escribió vehementemente contra el colonialismo; entre otras luminarias de las letras y las ciencias europeas —Buffon, Hume, Gibbon, Adam Smith, d’Alembert… Todos ellos, asistidos por las excepcionales dotes de anfitrión del barón de Holbach, debatían con —y contra— el más hábil de todos, su primus inter pares: Denis Diderot.

Retrato de Denis Diderot (1713-1784), por Louis-Michel van Loo
Retrato de Denis Diderot (1713-1784), por Louis-Michel van Loo. El mismo Diderot dijo que «no soy yo […] nunca tuve esa expresión en mi cara».
Recordamos a Diderot por el ingente esfuerzo de producción y coordinación que supuso la Enciclopedia, incluso negándole el mérito del corredor solitario de fondo con una atribución compartida con d’Alembert que se ajusta solo parcialmente a la realidad (D’Alembert se retiró en 1757). Sin embargo, el Diderot escéptico y ateo que veía a todos los miembros de la especie humana como iguales en potencia ha sido barrido a conciencia. Ni siquiera sus restos, destruidos en un arrebato de furia revolucionaria, existen ya. Pero la pregunta es muy pertinente: ¿quién era Diderot?

Denis Diderot. El hombre que no usaba peluca en un tiempo en el que la peluca empolvada era como hoy la corbata. El padre que quiso dar a su hija una educación digna, solo para ser traicionado póstumamente por ella —escandalizada por la impiedad de la obra no publicada de su padre, la censuró sistemáticamente. El pensador que prefiguró el evolucionismo de Darwin, el auténtico poder del sexo antes que Freud y una forma primitiva del comunismo de Marx. El moralista que afirmaba que cualquier práctica sexual sin excepciones era aceptable con la única condición del consentimiento informado de sus participantes, el hasta que la muerte os separe una imbecilidad y los hijos una bendición —dentro o fuera del matrimonio.

Rousseau y Diderot fueron los mejores amigos, pero Diderot era demasiado urbano, demasiado artificial, demasiado entregado a la duda. Rousseau necesitaba ante todo seguridad y la encontró en el rechazo de todo lo que su amigo propugnaba. Se hizo deísta y abogó por el retorno a un estado mítico de salvajismo natural como única salvación moral del hombre. Propuso una estructura social de libertades nominales impuestas por un código moral estricto, que incluía la pena de muerte para los delitos de pensamiento. Pontificó sobre las bondades de la educación mientras abandonaba, uno tras otro, a cinco hijos naturales en un orfanato. Y destruyó todas sus relaciones en sucesivos arrebatos paranoicos que llegaron hasta su autobiografía póstuma, las Confesiones.

Si las piezas del pensamiento de Rousseau os parecen familiares hoy es porque podéis encontrarlas dispersas en muchos nidos, desde los totalitarismos de mediados del siglo XX —completos en sus manías persecutorias y su necesidad de conformidad no solo externa, sino también interna— hasta los ecologismos contemporáneos. Rousseau ganó la mano en vida y la partida entera para la posteridad. Diderot quedó como un oscuro enciclopedista, sensualista en sus ratos libres, que nunca sintetizó su pensamiento en un «sistema» a la manera de filósofos más exitosos —e infinitamente más aburridos, como Kant o Hegel. A Diderot, en fin, le costó muy cara su festiva reinterpretación del cura ateo Jean Meslier en su obrita Dithrambe sur Fêtes des Rois:

Y con las tripas del último sacerdote estrangulemos al último rey.

Va siendo hora de practicar algo de sano revisionismo.

Otros tiempos para la ciencia

Anuncio en prensa de CBS Radio (1967). La ciencia como argumento publicitario.
Imagen de Nesster en Flickr.

Si se descubre vida en Marte, escuchará la noticia. En CBS Radio.

Los científicos han simulado el entorno marciano en el laboratorio. Determinadas plantas y animales pueden vivir en él. Así que podría existir vida en Marte. ¿Pero está ahí?

Dentro de diez años un laboratorio biológico miniaturizado debería llegar a Marte. Si hay algo con vida allí, el laboratorio enviará su hallazgo a la Tierra.

A partir de ahí nos encargaremos de ello. Con todos los recursos de Noticias CBS y periodistas como Walter Cronkite, Douglas Edwards, Dallas Townsend y Mike Wallace (aquí mostrados).

Mientras tanto mucho sucede aquí, en nuestro planeta. Repentinos cambios internacionales, nueva ciencia y nuevos descubrimientos —noticias. Sintonice su emisora local de CBS Radio […] para escuchar una cobertura superlativa de nuestra memorable época. Cada hora.

Este anuncio en prensa de CBS Radio, de 1967, captura el espíritu del momento (lo que en gafapasta se dice Zeitgeist) refiriéndose a las entonces futuras misiones Viking al planeta Marte. Tanto la Viking 1 como su gemela, la Viking 2, cumplieron a la perfección con su misión asignada, pero fracasaron en su objetivo de encontrar vida en los páramos marcianos.

Eran otros tiempos para la ciencia y para el periodismo.

¡Un tren ha salido por la ventana! (París, 1895)

Mensaje para ingenieros y otros curiosos con debilidad por la historia, por los trenes, por la fiabilidad de sistemas o cualquier combinación de estos tres asuntos: hoy se cumplen 117 años de este increíble accidente:

La locomotora 120-721, estampada contra el suelo de la calle de Rennes. Foto: Studio Lévy & fils

Ocurrió en la estación Montparnasse de París, llamada entonces Estación del Oeste. La locomotora 120-721, arrastrando una composición de dos vagones de maletas, uno postal, ocho coches de viajeros y un vagón de carga adicional había salido de Granville a las 8:45 de la mañana. A lo largo del trayecto hacia París acumuló unos diez minutos de retraso. Nada extraño: Pellerin, maquinista con 19 años de servicio, estaba acostumbrado a esas eventualidades. Bastaba con correr un poco más y frenar más tarde y con más fuerza.

El tren franqueó la señal de entrada de la estación a una velocidad excesiva, de entre 40 y 60 km/h. Pellerin activó entonces el freno de emergencia de la composición. Más valdría que no hubiera pasajeros de pie; la frenada iba a ser de infarto.

Faltaban cinco minutos para el mediodía. El tren estaba a unos centenares de metros de las toperas del final de vía cuando Mariette, el jefe de tren —por entonces las locomotoras llevaban siempre dos empleados— levantó la vista del papeleo que estaba revisando y se dio cuenta de que el freno de aire marca WABCO no estaba funcionando como debía. Pellerin ya estaba aplicando a fondo las zapatas de freno de la locomotora, pero la inercia de los vagones cargados hacía imposible detenerse a tiempo. Había que vaciar manualmente el circuito de aire del freno de los vagones. Mariette se abalanzó sobre el volante de la válvula.

En ese instante el tren se estrelló contra la topera. Su energía de movimiento le llevó a atravesar diez metros del vestíbulo, a perforar una pared de 60 centímetros de espesor y a caer nueve metros más hasta el nivel de la calle, donde la locomotora terminó clavada en un ángulo de 50 grados junto a una estación del tranvía.

Se registraron cinco heridos graves: Pellerin, Mariette, un bombero y dos pasajeros —que aprendieron a controlar su impaciencia y permanecer sentados hasta la detención completa del tren en otras ocasiones, sin duda. Los coches de pasajeros no llegaron a descarrilar siquiera, lo que evitó males mayores. Por una rara coincidencia la locomotora no arrastró a nadie en su choque y posterior caída. Lamentablemente, la mujer del quiosquero que tenía su puesto justo debajo del punto por el que salió lanzada la locomotora murió aplastada por un fragmento del muro de la estación. Aquel día sustituía a su marido en el trabajo.

Retirada de la locomotora 120-721 el 25 de octubre de 1895. Observad la situación de la estación del tranvía. Foto: Gaillard (tomada de La Gare Montparnasse)

El accidente de la estación Montparnasse ha quedado como uno de los primeros casos de estudio modernos de la ciencia de la fiabilidad. De esta y otras historias aprendemos que los accidentes ocurren cuando coinciden una serie de incidentes en el tiempo. Circunstancias que por sí solas no provocan la catástrofe, pero que se confabulan para que cuando menos se espera, pero siempre de acuerdo a las leyes inexorables de la probabilidad, suceda lo impensable.