Currículum

Hola, me llamo Iván Rivera. Soy (¿era?) un emprendedor. Busco trabajo.

Mi currículum es el típico de una persona inquieta que lleva muchos años trabajando y por lo menos otros tantos haciendo de picaflor en campos anejos —o menos anejos. Soy ingeniero de Telecomunicaciones por la UPM, el último mohicano del plan 64M2 —es decir, el último que hizo una carrera de seis cursos, aunque no exactamente en seis años (tengo excusas; alguna mola bastante). Dicho sea de paso, hace relativamente poco tiempo que mi colegio profesional me hizo llegar una comunicación informándome de que a mí y a todos los demás mohicanos nos habían reconocido el nivel máster de Bolonia. Fue una pequeña alegría, aunque con pocas consecuencias. Mi Proyecto de Fin de Carrera (ahora ya no se llamaría así, naturalmente) iba sobre diseño de «hipermedia» educativo —el palabro ampuloso designaba algo muy obvio hoy: contenidos de texto, imagen, sonido y vídeo estructurados por «hiperenlaces», lo que vienen siendo enlaces, pero hiperguais. Hubo un tiempo en el que quise dedicarme profesionalmente a esas cosas; luego vino Moodle, lo «comoditizó» todo (lo convirtió en algo obvio y omnipresente, como el aire, el agua y Windows) y se acabó. Como dedicarse ahora al diseño de sistemas operativos.

Mi historia con el mundo ferroviario viene de lejos y tiene un origen parcialmente familiar: mi padre ha sido —está bastante jubilado— una figura dentro del pequeño pero muy enlazado sector de la tracción eléctrica para el ferrocarril. De hecho, llegué a cursar un máster completo de la Universidad Pontificia de Comillas en Sistemas Ferroviarios, que pagó la empresa para la que trabajaba en aquellos tiempos: Indra. Desafortunadamente (o afortunadamente, según se mire) justo antes de terminarlo me llegó una oferta para entrar a formar parte de la escala de dirección en Renfe Operadora. Nunca hice el Trabajo de Fin de Máster porque me sentía mal aprovechándome de algo que había pagado otra empresa por mí; además, pensé que nunca lo necesitaría. Cuánta inocencia.

En Renfe Operadora, la Renfe, perdí la fe que pudiera haber tenido en un futuro seguro y sosegado trabajando con trenes. La parte positiva de esta historia es que diversifiqué mis esfuerzos y entré en el mundillo de la divulgación científica. Profesionalmente, en cuanto me fue posible me establecí por mi cuenta; pensaba que podría dedicarme con éxito a implantar soluciones tecnológicas en empresas del sector ferroviario que no eran particularmente proclives, por su tamaño, a disponer de equipos propios de tecnologías de la información. La idea no era mala, pero los años me enseñaron que si no tienes socios nadie busca trabajo mientras el trabajo se hace, y viceversa.

En la actualidad apoyo a mi padre en su semijubilación —abrió una consultora para dar continuidad a una serie de proyectos que le involucraban personalmente más que a su antiguo empleador— mientras cavilo maneras de avanzar en mi carrera. Un posible camino: volver sobre mis pasos y buscar aventuras en el mundo de la ingeniería del software. He trabajado de forma más o menos directa con todos los elementos que constituyen la base de las tecnologías de la información, en su vertiente de código abierto. Hubo un tiempo en el que fui el experto en interfaces gráficas multiplataforma con Swing de mi departamento, y algunos evangelistas de Sun Microsystems (ahora Oracle) conocían mi nombre. Me preocupaba la legibilidad del código y enseñaba a la gente a usar herramientas de limpieza (code linters). Diseñé un híbrido de SCADA y SIG para integración y monitorización de tráfico ferroviario de alta velocidad. Mi antigua empresa vende todavía el sistema Da Vinci que lo integra —pero qué poco originales fueron con el nombre, pardiez.

Ahora todo el mundo usa Git y lo da por descontado; yo vi las caras de incredulidad al montar el primer servidor de CVS para llevar un control de versiones en mi departamento, la alarma la primera vez que hicimos un branch y el crujir de dientes del primer merge. Todo el mundo sabe lo que es un issue tracker; yo montaba Bugzillas en el 2003. Todo el mundo hace unit testing y yo empecé a usar JUnit antes. Desde que me independicé como consultor trabajo con la pila LAMP (Linux/Apache/MySQL/PHP, aunque también hice algunos pinitos con Perl), aunque cada vez me dedico más a especificar y lanzar máquinas virtuales que a cambiar su comportamiento. He estado proporcionando servicios de software por suscripción (SaaS) con Google Apps for Work —que también tiene una pila interesante de APIs, que suelo usar en su versión en Javascript. He montado webs con sistemas de gestión de contenido multilingüe (WordPress+WPML). He tenido contactos con XML, XSL, RDF y algunos TLAs (Three Letter Acronyms) más del mundo de la web semántica. Y soy escéptico con las sopas de buzzwords —aunque tan culpable como cualquiera de utilizarlas.

No me gustaría que mis 42 años inspiraran en algunas personas que no entendían la tecnología de la década pasada ni entienden la de ésta la absurda idea de que mi historia me incapacita para aprender.

Lo que me lleva a un rincón un poco más personal de este pequeño cuento. Vivo en las inmediaciones de Madrid; no es algo que me ate particularmente, de no ser por mis dos hijos en edad escolar, confiados a la custodia exclusiva de mi exmujer. Si me mudo (cosa que, confieso, en otras circunstancias haría encantado) dejaré de verlos. En el tiempo que llevo explorando posibilidades de trabajo lo único que ha surgido me llevaría a América Latina o a Arabia Saudí; digamos que por el momento prefiero seguir explorando otros caminos hasta que me convenza de que por edad, por experiencia o la combinación de ambas cosas eso será lo único que conseguiré.

Igual debería haber empezado por aquí.

Sin embargo, no quiero limitarme a considerar alternativas en el mundo digital. Durante mi estancia en Renfe, y más adelante en mi desempeño como consultor demostré mi capacidad para coordinar equipos de trabajo. Mi estilo podría definirse como positivo, integrador y de baja fricción: bastante autocracia hay ya implícita en la empresa moderna como para empeorarla con modos acerbos y dictatoriales. También he podido poner a trabajar mis otras capacidades: dirigí la campaña para transformar un diseño de ingeniería de una subestación modular de tracción en un producto. Produje eventos en ferias comerciales, materiales promocionales e incluso una pieza audiovisual. Soy, por encima de todo, una persona con recursos y capacidad de autogestión.

El final del currículum, en plan batiburrillo: my English, both written and spoken, is pretty good for a La Mancha-born chap (no certifications to show for this, but I reckon my level ought to be near C1). C’est le même pour le français (niveau B2 a peu près, si bien la diabolique orthographe française m’oblige de temps en temps de me prendre la tête entre les mains). I love languages, j’aime les langues, me gustan los idiomas, ich spreche ein bißchen Deutsch y sé cosas curiosas como leer y escribir árabe (viví dos años en Marruecos de adolescente). Entiendo un poco, por afición más que otra cosa, de asuntos tan azarosos como la astronáutica, la astronomía, la tecnología nuclear o la gestión de riesgos tecnológicos (a decir verdad, de esto estudié bastante en mi máster-que-no-fue). Podría hacer algún episodio de «Diversión con banderas» sustituyendo a Sheldon Cooper (si no habéis visto The Big Bang Theory os lo perdono; yo casi siempre que veo una serie es por accidente). Soy fan de la ortotipografía. Distingo Arial de Helvética al primer vistazo casi siempre. Conozco la historia numismática de España al dedillo desde mediados del siglo XIX hasta ahora. Y llevo ocho años aprendiendo a tocar la flauta travesera. En este blog y en algunos otros lugares hay pruebas de todo lo que digo.

Y hasta aquí la dosis de hoy de narcisismo curricular. ¿Encontraré alguien para quien mi combinación particular de capacidades y conocimientos sea útil? ¿Volveré algún día a engrosar las filas de los obreros que no quieren saber que lo son? ¿O tendré que reducirme a encontrar inversores para un par de ideas que tengo mientras peleo cada día para mantenerme por encima del límite? Quien hace un emprendimiento, hace ciento. Pero si la cosa está muy mala para el trabajo, imaginaos para que un banco os dé dinero… Máxime si tu primera empresa ya fracasó.

Empezaré por desearme suerte a mí mismo.

Marx equivocado

En estos tiempos de fluidas confluencias una cita de Marx aparece regularmente en boca del activo sector de la izquierda transformadora para el que acudir a las elecciones en coalición es desde un desastre sin paliativos hasta lo peor que ha sucedido en la Tierra desde la gran extinción del Pérmico:

Nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos.

No hace falta discurrir mucho para darse cuenta de que esta frase es muy útil para fustigar a compañeros de armas sospechosos de haber sido infectados por el virus confluente. Pero también podemos (pun intended) preguntarnos por la legitimidad de uso: ¿es una buena idea invocar a Marx aquí?

Un poco de contexto. Este breve trozo de sabiduría del corpus filosófico marxista forma parte de las Obras Completas (tomo 7, página 299 de la edición de 1960). Se trata de una pieza publicada originalmente en el Neue Reinische Zeitung, Politisch-ökonomische Revue, Nº4, 1850, firmada al alimón por Marx y su camarada Friedrich Engels y titulada sucintamente Gottfried Kinkel.

El tal Kinkel era un soldado alistado en las filas revolucionarias, según él, por accidente. Al menos tal fue su declaración ante el tribunal militar de Rastatt en agosto de 1849. La revolución de 1848 fracasó —fue un fracaso complejo e históricamente fructífero, sin embargo— y Kinkel, tras apelar a todo lo que pudo (incluído su amor por la dinastía Hohenzollern, su mujer y sus hijos) fue exonerado; al tiempo, sus compañeros de filas se encontraban con las balas dispensadas por eficientes pelotones de fusilamiento.

Marx afirma que su grito en el cielo en forma de artículo «provocará las iras de timadores sentimentales y charlatanes demócratas» justo antes de establecer la máxima que guiará su comportamiento, que reproduzco aquí en el original alemán:

Uns(e)re Aufgabe ist die rücksichtslose Kritik, viel mehr noch gegen die angeblichen Freunde als gegen die offnen Feinde […]

Con toda probabilidad, el régimen absolutista prusiano utilizó el proceso contra Kinkel para hacerse publicidad (el relato se publicó en el Abend-Post de Berlín a lo largo de dos días de abril de 1850), escogiendo un chivo expiatorio al revés: un pobre hombre, buen alemán, que se vio arrastrado por las circunstancias para luchar en el bando equivocado de una revolución.

El contexto no es excesivamente amable con las interpretaciones modernas de esta máxima marxista, aunque una imaginación lo suficientemente dedicada puede atar todos los cabos y establecer todos los paralelismos necesarios para que su aplicación actual en el seno de la batalla entre confluentes y disfluentes de Izquierda Unida tenga algo de sentido. Pero ese no es mi problema. Creo que Marx, aquí, se equivocó teniendo razón.

Supongamos que la proximidad o lejanía ideológica es una magnitud medible (en un diagrama de Nolan esto tiene mucho sentido). Interpretemos, como Marx pretende, a los Freunde (amigos) como más próximos ideológicamente a uno mismo que los Feinde (enemigos). Si la crítica debe ser más despiadada a menor distancia de ideas, ¿dónde nos lleva este proceso? Los activistas de izquierdas reaccionarían violentamente entre sí, rechazándose unos a otros con creciente fuerza, cuanto mayor fuera su grado de consonancia. Como protones repeliéndose entre sí en virtud de las leyes clásicas de la electrostática.

Una situación así nos lleva necesariamente a la imposibilidad de la unión de las izquierdas. Marx era un genio: predijo lo que iba a ocurrir con su legado a más de siglo y medio vista. Pero ¿no sería deseable, por una vez, intentar desactivar la frase lapidaria? Crítica sí, siempre, pero ¿por qué despiadada? Quizá si intentamos reconocer la razón del vecino podamos encontrarla reforzada en nosotros mismos. Tengo la impresión de que el mismo Marx no desearía que un recorte menor de su legado informara toda la acción política de la izquierda transformadora. En la analogía física, existe una fuerza nuclear (la llamada débil) que mantiene unidos y estables muchos núcleos atómicos, aun estando llenos de protones con cargas positivas. Además, ya dijo Lenin…

Confluencia, bella chispa divina

La confluencia de la izquierda para dummies: ¿debe Izquierda Unida, cautiva y desarmada, pasar a engrosar militante a militante las filas de Podemos? ¿Debe Podemos rendirse finalmente a la evidencia, refundarse y cada uno de sus afiliados telemáticos sacarse un carné de berdadera hizquierda? ¿Es posible o deseable una solución más razonable?

Empezaré, para los que no me conozcáis, contándoos quién soy. En una palabra, nadie. En unas cuantas palabras más, un afiliado al Frente Judaico Pop… Perdón, a Izquierda Unida (federal) en Madrid. Paso de vez en cuando por la agrupación de mi pueblo. Son gente maja, sin excepción: tanto los que quedaron en IUCM como los reafiliados (si no sabéis de qué hablo, ni preguntéis). Nos llevamos bien; en los debates no hay fans ni de las tarjetas black ni quintacolumnistas de Podemos, punto. Somos gentes distintas aunque claramente de izquierdas. O de eso que hoy llaman «extrema izquierda» con una levedad pasmante. Pero ya sabemos todos que los medios de comunicación le han amputado a la opinión pública la pierna derecha y le han puesto una prótesis de oro y bitcoins para asegurar el pie del que debe cojear.

Seguiré con unas cuantas confesiones. Confieso paladinamente y sin reservas que yo era un creyente en el divino elixir de la confluencia. Más aún, confieso que he estado de acuerdo con algunas versiones del programa de Podemos —inevitablemente, ya que ha cambiado tanto y con tanta frecuencia que a estas alturas ya ha debido cubrir todo el espacio ideológico entre el maoísmo de Sendero Luminoso y el liberalismo ciudadanista de rostro humano y cuerpo divino. Puestos a confesar, expresaré también mi creencia en que, a ojo y en unidades periodísticas, Pablo Iglesias y su ego deben tener el tamaño aproximado de chorrocientos estadios de fútbol —o el estado de Texas, lo que sea más grande. En fin, gasto una suerte de intolerancia para con los fans incondicionales —los de Podemos, entre ellos—, y muy particularmente contra los ases de la metapolítica y los iluminados del voto electrónico para los que las clases, los obreros y la izquierda no son más que antiguallas barbudas (pero de las barbas decimonónicas que no molan, no las que molan de ahora, tan transversales y relativistas).

Y con estos mimbres ahora vas y confluyes.

Como diría Paco el Papa: queridos hermanos… Sí. Me temo que sí, más bien. Si pretendemos pasar de la teoría política a la acción política, o dicho en términos un poco más mundanos, si queremos empezar a tener la capacidad y la responsabilidad de equivocarnos por el bien común, es absolutamente necesario reunir votos de alguna manera; para deducirlo no hace falta ser kremlinólogo —los modernos ya no sabéis qué era eso. Es harto dudoso que una mañana de estas España entera se levante, agarre el emblema del círculo repasado con boli tres veces con un heroico puño y conquiste el cielo al asalto. Es más dudoso todavía que salgamos a la calle en tromba con hoces, martillos y pucheros llenos de sopa de estrellitas para reeditar el Octubre Rojo, ese que cayó en noviembre casi del mismo modo en que un bilbaíno puede nacer donde le dé la gana.

Son construcciones con el verbo repetir las que ofrecen pocas dudas a corto plazo: repetir campaña, repetir elecciones, repetir resultados. Con suerte —es un decir— tendremos a los liberal-ciudadanistas pudiendo cumplir con su vocación de punta de lanza de la nueva derecha española en una coalición con ese partido del que ustedes hablan. Sin suerte estaremos donde estábamos antes, solo que más cansados y con menos dinero.

Sorpresa: la cuestión identitaria de Izquierda Unida importa más cuanto mayor es el esfuerzo de Pablo Iglesias por asimilarnos en fila de a uno, con las manos sobre la cabeza y el carné en la boca. La insistencia en hacer de Podemos la «casa común» de la ni-izquierda-ni-derecha —es verdad, es que los nuevos no os acordáis de las risas con eso entre IU y el PSOE hace unos lustros— solo garantiza lo que siempre ha garantizado: que no habrá frente común. Qué le vamos a hacer, somos así de cenizos. De hecho, es tan obvio que esto va a ocurrir porque ya ha ocurrido que es muy difícil, desde fuera de Podemos, creer siquiera que las ofertas del tipo «la resistencia es inútil, seréis asimilados» no se hacen con el fin explícito de ahuyentar cualquier posibilidad de colaboración.

Por otra parte, la afición profesada por tantos cuadros de mi izquierda, a los que admiro, por el señalamiento y despelleje de todo lo que huela a traidor es algo digno de reseñar. Sobre todo cuando se tiene en cuenta que el olor a traidor se parece bastante al olor de las nubes, y que la traición está en ocasiones, como la ofensa, en el ojo del que la mira. Tenemos derecho a defender una cosa y, catarsis o no mediante, defender al día siguiente la contraria. Un derecho que equivale y se contrapone al de dejar de confiar en quien haya hecho algo de ese pelo hasta que nos parezca bien.

¿Qué hacer entonces? Hay quien diría que confluir, sí, pero no a cualquier precio —los que pensaron que «sí, a cualquier precio» ya están en Podemos. Otros insisten en que colaborar con quien te ha despreciado públicamente cada semana de su vida es imposible. En cuanto a mí, votante de Izquierda Unida y pagano de mis cuotas, he de decir que mi pensamiento político es primero mío; voy con él a donde quiero, incluso a sumarlo a los que considere mis compañeros. Si soy de izquierdas es, entre otras minucias, porque reconozco el valor de la unión, de lo colectivo, de la sociedad. Estoy dispuesto a sacrificar mucho para evitar males mayores: partes de mi programa, naturalmente. Incluso —temporalmente— mi identidad política. Pero no me olvidaré del fin último en el que creo para el bien común. Además, no tengo mesías salvadores ni caudillos del amor, y a mis cabezas de lista con gusto las regalo con un lazo. Amigos que os consideráis «de Podemos», ¿ofreceríais lo mismo?

Ahí tenéis vuestra respuesta.

El planeta de Don Quijote

Este texto fue publicado en Estrella Cervantes, una web patrocinada por el Planetario de Pamplona, la Sociedad Española de Astronomía (SEA) y el Instituto Cervantes como cuartel general de la campaña en pro de que la estrella µ Arae sea oficialmente nombrada por la Unión Astronómica Internacional como «estrella de Cervantes», y sus cuatro planetas conocidos como «Dulcinea», «Rocinante», «Quijote» y «Sancho». ¡No dejéis de votar en la página http://nameexoworlds.iau.org/!

La estrella de Cervantes según Elisa (publicado en http://estrellacervantes.es/un-primer-dibujo-para-pintarnos-a-la-estrella-cervantes/).
La estrella de Cervantes según Elisa. (Publicado en Un primer dibujo para pintarnos a la Estrella Cervantes, http://estrellacervantes.org)

Ocurre con frecuencia en la ciencia ficción, y más concretamente en el delicioso subgénero de la space opera: la Humanidad, finalmente, consigue romper las cadenas energéticas del pozo gravitatorio terrestre y las no menos onerosas cadenas económicas de su propia insensatez y se lanza a colonizar otros sistemas planetarios. A veces montamos a lomos de imposibles naves superlumínicas; en la ci-fi más dura las naves son lentas y las generaciones se acumulan sin llegar a su destino. Desde Asimov hasta Roddenberry el patrón se repite. E, invariablemente, ¿qué hacen los colonos humanos al llegar a su destino? Nombrar.

Pero no de cualquier manera. Los autores de ciencia ficción se han puesto de acuerdo en muchas ocasiones en seguir la vieja convención de los colonos históricos, los de galeón y carreta, que dejó toda América cuajada de nombres repetidos: Cartagena (de Indias), (Nueva) York, Guadalajara. Pero también lugares nuevos con sabor a hogar: Buenos Aires, (San Cristóbal de) La Habana, El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles del Río de Porciúncula (¿qué estaría pensando fray Junípero?). Así, Ifni, un antiguo territorio colonial español en Marruecos transformado en planeta en la saga de la Fundación asimoviana. Lusitania, Portugal transplantado al espacio en la saga de Ender de Scott Card. Tonto, deformación de Toronto, hogar de los nazis espaciales de la (lamentablemente) abortada serie del Escatón de Stross.

Quizá no viajemos nunca en persona a todos esos lugares. Sin embargo, en las últimas tres décadas un goteo de descubrimientos de exoplanetas —planetas alrededor de estrellas distintas del Sol— se ha ido transformando, a la vez increíble y maravillosamente, en una lluvia de confirmaciones. El número de planetas descritos alrededor de estrellas, cercanas y lejanas, no hace más que aumentar gracias a avances tecnológicos que están revolucionando nuestra percepción del entorno estelar que nos rodea. Los planetas no son, como se supuso una vez, algo extraño y constreñido tan solo al vecindario solar. Más de una decena de métodos de detección nos están permitiendo, si no ver directamente, al menos describir planetas con propiedades extrañas y fascinantes.

Entre los rasgos que nos hacen Homo sapiens se encuentra, sin duda, la necesidad de nombrar. Era cuestión de tiempo que estos planetas nos reclamaran sus nombres. Dar una etiqueta más allá de un número de catálogo nos permite alcanzar un nivel de familiaridad simbólica con el objeto nombrado. Un sistema planetario puede tener cuerpos con características singulares y extraordinarias, pero para disparar la imaginación de verdad necesitamos nombres. Y ¿qué lugar mejor para buscar estos nombres que nuestra propia mitología?

Encontraremos, ya no cabe dudarlo, muchos más planetas de los que jamás podamos nombrar. Pero los primeros tienen un valor especial; una conexión adicional con nuestra imaginación, con la épica del descubrimiento. Por eso un nombre es significativo. Si además se asocia a un universo que nos ha dado siglos —literales— de entretenimiento y reflexión como el quijotesco, tenemos la oportunidad única de poner en marcha, al decir de los gestores de pro en corporativés, una sinergia. O como quizá habría podido leer Cervantes, un torbellino de seso y corazón, una danza entre lo imaginado y lo real, un acuerdo entre la vida y el sueño.

Estrella Cervantes, por Almudena Castro.
Estrella Cervantes, por Almudena Castro, @puratura.

Sea entonces HD 160691 o µ Ara y su familia —conocida hasta ahora— de cuatro planetas el objeto de un empeño no ya quijotesco ni cervantino, sino humano. Reciba un nombre que la haga perdurar en la imaginación de las gentes. Llámese «estrella de Cervantes» y a sus planetas, Dulcinea, Rocinante, Quijote y Sancho. Imaginemos una estrella de Cervantes muy similar a nuestro propio Sol a una distancia de 50 años-luz de nuestra única Tierra; una distancia que, si algún día rompemos la barrera del espacio, no es excesiva para hacer llegar una sonda que permita conocerla mejor.

Imaginemos un planeta con un «año» de tan solo nueve días. Un «neptuno caliente» de potentísimas tormentas, o una supertierra cubierta de océanos de lava barridos por mareas impensables: µ Ara c, o Dulcinea. Concibamos, a una distancia de su estrella intermedia entre las de Venus y la Tierra, un gigante gaseoso como Saturno: µ Ara d, o Rocinante. Un poco más allá, a una vez y media la distancia de la Tierra al Sol de su estrella, otro gigante como Júpiter y medio. Los gigantes gaseosos no tienen superficie sólida, pero si este tuviera lunas, podría albergar vida en alguna de ellas ya que se encuentra en plena zona habitable de su estrella: µ Ara b, Quijote. Por fin, a una distancia de Cervantes similar a la que separa Júpiter del Sol, un coloso aún mayor. Casi dos veces la masa del mayor planeta de nuestro sistema solar: µ Ara e, Sancho.

¿Tendrán lunas? Tardemos mucho tiempo en saberlo, si es que lo conseguimos. ¿Cómo serán? ¿Habrá anillos en alguno o varios de los planetas de Cervantes? ¿Alguna de las lunas de Quijote será lo suficientemente grande para retener una atmósfera densa, quizá incluso agua líquida? ¿Habrá tenido la oportunidad de florecer la vida en este rincón de la galaxia? Cervantes tiene mucha más historia que nuestro Sol a sus ardientes espaldas; tanta, que se duda si no estará agotando su hidrógeno para comenzar a quemar el más exigente helio y precipitarla, lenta pero inexorablemente, en una fase de crecimiento que acabará engullendo a Dulcinea y quizá a Rocinante. Un paso hacia la muerte estelar que acabaría con la vida, de existir, en las lunas de Quijote. ¿Habrá algo allí que pueda mirar hacia arriba e imaginar su destino a largo plazo?

Todo es ciencia, todo es imaginación. Pero aquí, en nuestra Tierra, sí hay unos seres capaces —está confirmado— de mirar, observar, medir, descubrir. Y soñar. «Dichosa edad y siglos dichosos…»

No es micromecenazgo

Mirad esta noticia:

Cientos de mecenas ‘rescatan’ en 24 horas a una estudiante de Bellas Artes a la que le habían denegado la beca

eldiario.es

Una más, ¿verdad? Ah, crowdfunding. Literalmente, «financiación de masas», traducido normalmente como micromecenazgo en detrimento de la antigua cuestación popular. El micromecenazgo (uso esta palabra porque no quiero que parezca que me he escapado del siglo XIX) se está volviendo algo cada vez más popular, válgame la redundancia conceptual. Tan popular que incluso existen páginas de meta-micromecenazgo: en Crowdacy se listan nada menos que 109 plataformas de crowdfunding sin salir de nuestro pequeño país. Al principio fueron ideas para productos, pero ahora se «microfinancian» películas, ensaladas de patatas, carreras universitarias e incluso proyectos de investigación. El micromecenazgo es el futuro. ¡Qué digo el futuro! El presente de la financiación para cualquiera que no tenga la fortuna de disponer de una familia de profundos bolsillos o de un banco dispuesto a respaldar su emprendeduría. Ahora que lo pienso, estas dos condiciones son en realidad la misma.

crowdfunding
Plataformas de micromecenazgo según Crowdacy (21/07/2015).

Así que todo resuelto. ¿No tenemos ni un triste euro ahorrado para emprender como (el) Dios (neocon) manda? Nada, nada: micromecenazgo. ¿Nuestra familia solo nos da los buenos días y algo de ánimo —no mucho, que va caro? Micromecenazgo. ¿El banco no nos hace casito? Adelante con el micromecenazgo. ¿Hay una crisis generalizada de crédito? No importa, recurrimos al micromecenazgo y arreglado. La pena de todo esto es que, en la vorágine micromecenázguica (vale, ya dejo de inventarme palabras) hemos olvidado sus orígenes raciales e hispanos.

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Sí, soy un viejuno. Ahora no os resulta tan raro que me acordara de eso de la «cuestación popular», ¿verdad? Pues también recuerdo a la gran Lola Flores, la Lola de España. Una peseta pedía a cada español para pagar la multa de trescientos millones que le exigía el fiscal en su juicio por fraude —un olvido de nada, unos añitos sin hacer declaración de la renta. Como puede observarse en el impagable documento gráfico que os aporto, la señora Flores se da cuenta rauda de que con una peseta por español tendría que volver a reclamar para la Corona las posesiones de América para poder saldar su deuda. De modo que cambia la humilde peseta por las algo menos humildes (para la época, recordemos) cien pesetas. Vulgo veinte duros, vulgo chocolatina, actuales sesenta tristes céntimos de euros alemanes. Con cien pesetas por español, y dada la población de la época, tenía para pagar su multa, el concierto más copa de agradecimiento y retirarse con la calderilla que sobrara.

¿Algún problema? Sí, algún problema. Es posible que desarrollar y sacar al mercado un producto no sea uno de los derechos fundamentales con los que todos nacíamos. Puede que financiar una película tampoco esté entre ellos, aunque no hace tanto tiempo existía un organismo que llamaban «ministerio de Cultura» que apoyaba de esa forma la difusión de lo que quiera que tuviéramos de bueno para enseñarnos y para mostrar por ahí fuera. Pero cuando hablamos de educación o de investigación científica nos estamos acercando —yo diría que ya hemos rebasado, pero ¡opiniones!— el límite de aquello a lo que deberíamos, como personas, tener derecho. Mención aparte del absurdo de base: el micromecenazgo tiene alguna posibilidad de funcionar en tanto solo pretendan sacar algo de él unos pocos. Si lo que pretendía la añorada Lola se hubiera transformado en un movimiento de masas todos habríamos acabado aportando para todos los demás exactamente lo que nos hubieran dado. ¡Magia matemática!

El crowdfunding no es un instrumento democrático, sino un elemento más de atrezzo en un aparente gobierno de las masas ciudadanistas que, en realidad, sigue siendo la misma oligarquía de siempre —sí, la que lanzaba (y lanza todavía) cuestaciones populares para sufragar un nuevo templo, o un monumento a caballo del prócer que tocara. Si lo miras y te da vergüenza no es micromecenazgo, es mendicidad. Voy a abrir una petición de firmas para buscar apoyos.

La pregunta Naukas 2015

¿Cómo no? Cuando desde Naukas lanzaron el reto de contestar a una pregunta para el año 2015 tuve que recoger el guante. El texto de la cuestión, seguramente con trampa, era «¿qué avance o descubrimiento de la ciencia moderna ha hecho progresar más a la Humanidad?» Se apostillaba que ciencia moderna indicaba lo sucedido desde Copérnico hasta nuestros días. Ahí es nada. Y aquí mi respuesta. No dejéis de repasar el resto de interesantísimos ensayos de los demás colaboradores, recopilados en este artículo. Y aquí tenéis lo que pergeñé:

Las ambigüedades de la comunicación son una de mis pequeñas obsesiones. Por eso, cuando leí la «Pregunta Naukas 2015» empecé a desmenuzarla. No todo el mundo estará de acuerdo en qué constituye un avance o cuándo algo se considera descubierto. ¿Ciencia? ¿Qué es ciencia? «Moderna» es un calificativo ambiguo de por sí: ¿es Newton moderno, o deberíamos recurrir a barbudos y gafapastueños científicos hipster? ¡Ah, el progreso! Lo que para mí es progreso, para muchos de vosotros podría ser una molestia, un retroceso o incluso un desastre en ciernes. Y, por fin, Humanidad. Bendito tesoro. Con tanta duda y molestia querréis —tal vez no sin cierta razón— excluirme de ella y perderme de vista.

Salta a la ídem que no tengo la más remota idea de qué pueda ser una respuesta, no ya precisa, sino siquiera adecuada para la pregunta. Con cualquier expectativa así arrasada, me gustaría lanzaros una idea al azar. Si afirmo que el transistor de unión bipolar, inventado por William Shockley en 1947, constituye uno de los avances que más han alterado nuestras vidas, es posible que no me equivoque demasiado. Estamos rodeados de transistores, muchas veces ocultos en los lugares más insospechados, y su abundancia no hace sino aumentar. A principios del siglo XX la Humanidad estaba claramente dedicada a cumplir con las profecías de Malthus transformando, cada vez más rápido, toneladas de masa inerte de la Tierra en toneladas de Homo sapiens. El siglo XXI nos ha sorprendido con una tendencia mucho más voraz a transformar piedras en transistores.

Sin embargo, el concepto de un componente que pudiera modular un flujo de corriente mediante una entrada de control —en esencia, un grifo para circuitos eléctricos— no surgió de la nada en la mente de Shockley, enfrascado como estaba en promocionar su concepto de junta de unión entre semiconductores con distintas impurezas frente a diseños alternativos como el transistor de puntas de Bardeen y Brattain, sus colaboradores a su pesar (el de los tres). Pero el propio concepto de «grifo electrónico» viene de más atrás: las válvulas conocidas como triodos ya habían servido para construir, por entonces, los rudimentos de la informática y, antes aún, los primeros emisores y receptores de radio.

Cualquiera que se detenga a examinar la evolución de la tecnología y la ciencia con un interés un poco mayor que el de un telefilme de sábado por la tarde se imagina que nada «empieza» realmente desde cero. Siempre hay predecesores, hilos de los que tirar. Además, Shockley era un ser humano más bien repugnante: casi universalmente odiado, fue la diáspora de sus colaboradores y no él mismo lo que estuvo en la raíz de lo que hoy conocemos como Silicon Valley. En los 60 se descolgó por la resbaladiza pendiente de la sociobiología hasta los oscuros abismos de la eugenesia. Cuando finalmente —alguno pensaría «por fin»— murió en 1989 sus hijos recibieron la noticia a través de la prensa.

De forma que escogeré un hilo que recorrer y señalaré un invento distinto y otro padre para nuestra revolución electrónica: la válvula diodo de John A. Fleming, dada a conocer en 1904. El diodo era un componente con dos electrodos; su «tercera pata» y la que lo colocó en el camino de la evolución hacia el transistor moderno creció casi inmediatamente —apenas dos años más tarde— gracias a los esfuerzos separados de Robert von Lieben y Lee De Forest. Éste último es considerado más universalmente como «padre de la electrónica» por un quítame allá unas patentes, pero Fleming, originador también de las reglas mnemónicas llamadas de la mano derecha y de la mano izquierda, y culpable por ello de tantos divertidos movimientos manuales durante los exámenes de incontables promociones de ingenieros, inventó el diodo. Con ello puso en marcha la cadena de eventos que traería los mass media, la conectividad universal, la «inteligencia en la piedra», Facebook y las técnicas avanzadas de troleo.

Qué le vamos a hacer.

Alarma social

Como apasionado del transporte público en general y ferroviario en particular soy un frecuente husmeador de las páginas de ecomovilidad.net. Su gran labor divulgativa y de denuncia de deficiencias en el sistema que acarrea regularmente nuestras carnes de un lado a otro no rehuye en ocasiones del uso de la ironía para destacar cuestiones que, en un texto más técnico, podrían pasar desapercibidas. Continue reading “Alarma social”